sábado, 10 de julio de 2021

La espada de sus ojos

 

 


              Por Mario Saralegui

 

 

Demócrito se arrancó los ojos para pensar, cifra Borges. Edipo, según la mano de Sófocles, se arrancó los ojos al saber. Borges nos hablaba de sí como un Demócrito en su Elogio de la sombra, poema en alusión a su ceguera. Más ¿qué es lo que sería elogiable de la ceguera? El neurótico paga para no saber, sonríe Claudio. El no saber cómo renuencia de la diferencia sexual modo en el que se inscribe circunstancialmente, circunscriptamente la condición mortal de lo humano.

 

En el Seminario 6, El deseo y su interpretación, Lacan define el drama de Hamlet como el drama del deseo. Lacan en su Seminario ironiza: Unos dicen que él no quiere. Él dice que no puede. De lo que se trata es de que él no puede querer. Pues ¿qué le impide querer? y si cabe la expresión ¿quién desea en Hamlet si él no puede? La pregunta es pertinente y abre a la historia mientras conmina a cierta digresión. La paradoja castrense del no poder querer fue descrita provocativamente por Nietzsche en su ensayo Genealogía de la moral donde interpreta la moral del sacerdote o mismo del asceta en el linde como deseo de no desear. Freud, en su Psicología de las masas, hablaba del hacer serie como modo acrítico de constitución de la masa social, la iglesia y el ejército trabajan con los subrogados (el jefe caudillo o bien cristo) de la imagen más elemental del padre, aquella que agrega pertenencia y amparo. Estamos en el nivel más raso, en el de la sumisión y la complicidad. Este rodeo nos permite pensar la identificación como modo de obturar la decisión del deseo ¿pero puede pensarse en otro tipo de instituciones que nos inviten a replantearnos la dimensión humana? Según Freud cabría una otra manera de producir en el campo social, esto es trabajando en el sentido de la ciencia y el arte. Con la ciencia podremos desenmascarar las causas que nos mantienen atados a viejas enfermedades y mejorar la condiciones de vida. Mientras que con el arte continuamos la prosecución del placer, es también la expresión artística una de las formaciones culturales que, renovadas mediante energías libidinales sublimadas, nos otorgan la posibilidad de vérnoslas con nuestros dramas vitales y de ensanchar la compresión de los fenómenos humanos destituyendo prejuicios que se han ido enquistado a lo largo de la historia.

 

 

Dice Nietzsche sobre el teatro:

 

Los artistas, y especialmente los de teatro, son los primeros que han dado a los hombres ojos y oídos para oír y ver con algún deleite lo que cada uno es en sí mismo, lo que el mismo vive, lo que el mismo quiere; son los primeros que nos han enseñado la estimación del héroe que está escondido en cada uno de estos hombres cotidianos y el arte de como uno puede verse a sí mismo como héroe, desde lejos y por así decir simplificado y transfigurado: el arte de “ponerse en escena” uno mismo. !Solo así podemos superar algunos bajos detalles que hay en nosotros¡ Sin arte no seríamos otra cosa que primer plano y viviríamos por entero bajo el hechizo de la óptica...  

[La gaya ciencia. 1882]

 

Es en este sentido que Lacan dirá que el drama de Hamlet es tan penetrante que se nos presenta como una red donde cada quien encuentra su lugar. Este punto es importante pues permite sondear en superficie los caracteres más o menos pronunciados de la psiquis de los modernos. Fui contrastando esta hipótesis, en perfiles compuestos por artistas que me conmovieron, y me dio la impresión que el personaje que se recorta en su escenario vale en cuanto identificación y desidentificación. Me ocurre poner al lado de Hamlet a los héroes que compuso Tarkovsky, quien no casualmente intentó llevar Hamlet en lo que fuera su única incursión por el teatro. Andréi el iconoclasta Rubliov, Aleksei de El espejo o mismo Andréi el poeta de Nosthalgia hasta Alexander el héroe de Sacrificio. De este lado del mundo la filiación a Hamlet se hace patente en ese héroe que configuró Di Benedetto y que recientemente ha reescrito de forma tan aguda Lucrecia Martel, me refiero a Diego de Zama. El otro personaje local, con su cuota de herrumbre e historia, que se cuela en este filum es el Juan Moreira de Ascasubi que fue reescrito sobriamente por Rodolfo Kusch y llevado al teatro de manera tan singular por Leonardo Favio.

En punto enclave, centro neural, desde una óptica fenomenológica, que reúne a todos estos personajes según diviso (bajo la égida de la lectura magistral que realizan Jones y Lacan sobre Edipo y Hamlet) es la dilación de la acción. Es decir el apremio que marca de indecisión y desacierto cualquier tipo de salto a la acción. Ahora bien, ¿qué ocurre con cada uno de ellos, en el fuero de cada uno de ellos?

 

Cabe advertir que en todos estos personajes el pasaje a la acción es de un carácter tal, tumultuoso, desmesurado; que hace pensar en la indicación psicoanalítica sobre la irrupción de la pulsión. Esto vale tanto para la venganza de Hamlet como para el asesinato de Moreira a Sardetti (Juan Moreira, con oscuro augurio, dice a su Vicenta: Perdón por el tiempo venidero, por no haber podio atar la bronca) y la posterior prosecución del destino cuchillero, como también para ese desesperado asociarse en la expedición que iría a la caza de Vicuña Porto en el caso de Zama. Si observamos en Tarkovsky, tanto El espejo como Nostalghia preparan la carga que se disparará en el final de este último film y en el Sacrificio con el pasaje al acto de la pira. Pero lo que me interesa retener en todos estos casos es que la acción aparece como sin retorno, llega con el signo de lo desbocado. Si hablamos de una pulsión que se demora y se precipita, y una acción que se desboca es con fines de indicar la dimensión articulada y articulable del drama, es decir lo que trae ese mar del lenguaje. Por ejemplo, en el que fuera el último film de Tarkovsky, Alexander al oír la circular de guerra, exclama Dios te daré todo lo que tengo si haces que las cosas vuelvan a ser lo que eran ayer. En este sentido Freud indica que la neurosis se da al caso de un distanciamiento de la realidad y un refugiarse en fantasías arcaicas, por ej. aquí se niega la irreversibilidad del tiempo [En el margen cabe notar que en cierta carta a Binswanger, a propósito de la muerte de un hijo, Freud se expresa con idéntica gramática que Alexander, solo que el padre del psicoanálisis le endilga el prodigio al tiempo y no ya al viejo Dios] 

Pero volvamos al momento previo del accionar de nuestros héroes ¿Cuál es el signo de la espera? La procrastinación, el patearlo para adelante, cargándose de motivos por parte de cualquier Hamlet. La impertinencia de la acción se ha cocido en esa ciénaga emocional que prepara una verdadera huida hacia adelante o mismo un ruidoso pasaje al acto. Estas conductas develan un fondo de pensamiento mágico, un fiarse de lo ya contrariado. Cabe entonces la pregunta ¿por qué el distanciamiento? Freud indica que la realidad se ha tornado intolerable. Esto queda suficientemente ilustrado en el caso de Juan Moreira, que habiendo sido ultrajado por la connivencia entre el almacenero y el teniente coronel huye luego de ajusticiar a Sardetti para, al retornar, encontrarse traicionado por quien era su mujer, la Vicenta, que ahora, tal como Moreira aventuró, comparte lecho con su rival el poderoso terrateniente Don Francisco. En el caso de Hamlet la traición parece más bien quedar del lado de su tío Claudio (acá la resonancias con Edipo, luego de su encuentro con Tiresias, y esa certeza que se le clava en sospecha hacia !su tío! Creonte) pero este verdadero hervor del entendimiento que le sobreviene luego de encontrarse con el gosht no recubre sino el insight intolerable de la apetencia de su madre, Gertrudis. En un trabajo de archivo descomunal Jones rastrea los fraseos del héroe justo allí donde dejan entrever una fantasía matricida.

Pero ¿qué es eso que tiene estatuto de intolerable? En los films de Tarkovsky y en el de Martel se nos hace sentir una suerte de distancia aséptica y rechazo por una sexualidad femenina que se ha tornado repugnante. Claro, el término me viene del matiz que recoge en su lectura Lacan sobre un Hamlet que no puede asir a Ofelia y la trata con desprecio y crueldad. Jones sugiere que en esa escena donde él le increpa que haría bien en ir al convento de lo que se trata en verdad, ironía mediante, es de que acepte finalmente su condición de puta. Parece que el uso connotado para aludir al burdel en aquella época era justamente la palabra convento. En la misma dirección de escena Zama al ingresar por la puerta del burdel, allí el conserje le pregunta al corregidor por cuál será su apetito aquella noche, a lo que Zama responde con dispepsia y dejando ver un perfil desencajado, a Zama no le gustan negras, ríe el conserje del burdel. La petrificación sexual de Zama contrasta bien con aquella primera escena donde se masturba con las lavanderas afros. Las decisiones narrativas de Martel van en favor de la alusión y la polisemia, con esto consigue darle todo su valor y su lugar a un espectador que hubiera preferido haber entrado jamás a escena. Esta, considero, es muchas veces la razón por la cual la mayoría de las personas que ven Zama refieren que no entendieron o que se aburrieron. Queda entonces sin develar el enigma de porqué algo se torna intolerable, algo se rechaza sin más con todas las fuerzas gástricas. La hipótesis de Lacan es poner de relieve la sexualidad femenina como aquello que arrastra corrupción, vida, transmutación, muerte. Es el lugar privilegiado para la significancia: el troco de la mujer en madre, la generación de la vida, el punto donde se sofrena, o se da rienda a, toda corrosión del sentido.

 

Dice Lacan en su seminario:

Lo que ocurre en la pieza es, en seguida, correlativamente en suma, el drama –es Freud quien nos lo indica- vemos ese horror de la feminidad como tal. Los términos de ello son articulados en el sentido más propio. Es decir que lo que se descubre, lo que se destaca, lo que se hace jugar ante los propios ojos Ofelia como siendo todas las posibilidades de degradación, de variación, de corrupción, que están ligadas a la evolución de la vida misma de la mujer, en tanto que ella no se deja arrastrar a todos los actos que, poco a poco, hacen de ella una madre. Es por ello que Hamlet repele a Ofelia...

 

[El deseo y su interpretación. 1958]

 

 

 

Sobre la corrupción.

 

Sigamos con un detalle sobre Zama, el film. La película versa, tal como su directora aclaró, menos sobre la espera que sobre la ineficacia de la muerte. En fin, la genialidad de Martel hace decir a Zama, por intermedio de un niño alzado a la condición de rey (todo adivina la alucinación que interpela copiosamente durante el primer e interminable tramo de la película) Diego de Zama nacido viejo, no puede morir... La dirección de actores encuentra así una novísima figura que acarrea, ficción mediante, toda una veracidad de la existencia moderna. En algún punto del brumoso espejo, como un sombreado del mismísimo Klaus Kinski de Herzog incluso tal vez compuesto como su alter ego, se dibuja el semblante de Diego de Zama con eso que trae de estar muerto en vida. Dice el actor Daniel Giménez Cacho que en ningún momento del rodaje sintió la dirección de donde se iba con este personaje sombrío y que daba a cada tramo nuevos accesos revulsivos por la suerte del hombre tiranizado por su vestimenta y que vive como si realmente la vida no tuviera fin.

 

Lacan en Lovaina habla de una paciente que presenta una pesadilla recurrente. Ella sueña, con renovado horror, que la vida se regeneraría permanentemente y así se regeneraría sin fin y otra vez... Lacan dice que es mediante el lenguaje que se inscribe en los seres humanos la idea de que moriremos y que eso os da fuerza, nos permite vivir. La proposición es fuertísima si la ubicamos a continuación de la pregunta por la pulsión de vida.

Lacan sigue la lectura de Freud, pero ese seguir no es en ningún caso reimprimir, la lectura lacaniana consiste en ir más allá realizando el filum consciente (de lo que a poco va llegando a la lengua) a través de la voluptuosidad de quien encuentra. Así es que él va a insistir sobre un detalle que habría quedado como decorado en el comentario de Freud sobre Hamlet. Y al poner este acento Lacan revitaliza la lectura a la vez que da al pulso freudiano todo su valor: el detalle en cuestión es el Timón de Atenas del mismo Shakespeare.

 

A continuación el comentario de Freud:

 

Sobre base idéntica a la de Edipo rey se halla construida otra de las grandes creaciones trágicas: el Hamlet shakesperiano. Pero la distinta forma de tratar una misma materia nos muestra la diferencia espiritual de ambos períodos de civilización, tan distantes uno de otro, y el progreso que a través de los siglos va efectuando la represión en la vida espiritual de la Humanidad. En Edipo rey queda exteriorizada y realizada, como en el sueño, la infantil fantasía base de la tragedia. Por lo contrario, en Hamlet permanece dicha fantasía reprimida, y sólo por los efectos coactivos que de ella emanan nos enteramos de su existencia, situación en todo análoga a la de la neurosis. La creación shakespeariana nos demuestra, de este modo, la singular posibilidad de obtener un arrollador efecto trágico, dejando en plena oscuridad el carácter del protagonista. Vemos, desde luego, que la obra se halla basada en la vacilación de Hamlet en cumplir la venganza que le ha sido encomendada, pero el texto no nos revela los motivos o razones de tal indecisión, y las más diversas tentativas de interpretación no han conseguido aún indicárnoslas. Según la opinión hoy dominante, iniciada por Goethe, representa Hamlet un tipo de hombre cuya viva fuerza de acción queda paralizada por el exuberante desarrollo de la actividad intelectual. Según otros, ha intentado describir el poeta un carácter enfermizo, indeciso y marcado con el sello de la neurastenia. Pero la trama de la obra demuestra que Hamlet no debe ser considerado, en modo alguno, como una persona incapaz de toda acción. Dos veces le vemos obrar decididamente: una de ellas, con apasionado arrebato, cuando da la muerte al espía oculto detrás del tapiz, y otra conforme a un plan reflexivo y hasta lleno de astucia, cuando con toda la indiferencia de los príncipes del Renacimiento envía a la muerte a los dos cortesanos que tenían la misión de conducirle a ella. Qué es, por tanto, lo que paraliza en la ejecución de la empresa que el espectro de su padre le ha encomendado. Precisamente el especial carácter de dicha misión. Hamlet puede llevarlo todo a cabo, salvo la venganza contra el hombre que ha usurpado, en el trono y en el lecho conyugal, el puesto de su padre, o sea contra aquel que le muestra la realización de sus deseos infantiles. El odio que había de impulsarle a la venganza queda sustituido en él por reproches contra sí mismo y escrúpulos de conciencia que le muestran incurso en los mismos delitos que está llamado a castigar en el rey Claudio. De estas consideraciones, con las que no hemos hecho sino traducir a lo consciente lo que en el alma del protagonista tiene que permanecer inconsciente, deduciremos que lo que en Hamlet hemos de ver es un histérico, deducción que queda confirmada por su repulsión sexual, exteriorizada en su diálogo con Ofelia. Esta repulsión sexual es la misma que a partir del Hamlet va apoderándose, cada vez más por entero, del alma del poeta, hasta culminar en Timón de Atenas. La vida anímica de Hamlet no es otra que la del propio Shakespeare. De la obra de Jorge Brandes sobre este autor (1896) tomo el dato de que Hamlet fue escrito a raíz de la muerte del padre del poeta (1601); esto es, en medio del dolor que tal pérdida había de causar al hijo y, por tanto, de la reviviscencia de los sentimientos infantiles del mismo con respecto a su padre. Conocido es también que el hijo de Shakespeare, muerto en edad temprana, llevaba el nombre de Hamlet (idéntico al de Hamlet). Así como Hamlet trata de la relación del hijo con sus padres, Macbeth, escrito poco después, desarrolla el tema de la esterilidad. Del mismo modo que el sueño y en general todo síntoma neurótico es susceptible de una superinterpretación e incluso precisa de ella para su completa inteligencia, así también toda verdadera creación poética debe de haber surgido de más de un motivo y un impulso en el alma del poeta y permitir, por tanto, más de una interpretación.

                                                                                  [La interpretación de los sueños. 1900]

 

Poner el acento en Timón de Atenas como desfiladero de Shakespeare es la decisión de Lacan. El personaje que da nombre a la obra es una suerte de misántropo, un adinerado al que no le falta séquito. La repulsa sexual está implícita en Timón de Atenas, ya que no hay mención alguna a mujeres más que la presencia de prostitutas. En la obra falta lo femenino. Timón de Atenas se rodea de amigos e inventa el exceso de los placeres como modo de resolución del enigma de estar vivo. La misantropía descubre aquí, en la lectura lacaniana, una verdadera misoginia.

Pero ¿qué ha ocurrido con Shakespeare? ¿qué ha ocurrido con Hamlet? Algo que, Jones ha de llamar, los estragos maternos, y que se estiman producto de la infancia del varoncito devenido neurótico, el mismo finge estar loco. Desde la imaginería del personaje puede observarse claramente las dos vías de rechazo de la mujer: la virgen y la puta. De ahí los fenómenos de idealización que trae Hamlet, la fijación al vínculo amoroso primario, la desazón profunda y el horror hacia la condición sexuada de la mujer. Por otro lado, el trastorno imaginario muestra su deriva hacia celos homicidas o bien salidas suicidas, el pensamiento del héroe lo atestigua. He dicho que Jones realiza un comentario sobre las fantasías matricidas de Hamlet allí notará que de las vacilaciones se extrae un momento clave de la obra, al cual menciona play scene. Se trata de la escena del encuentro del héroe con su madre: todo en rededor de Hamlet, incluido Claudio, maquina esta cita con la secreta expectativa de que Hamlet pueda pacificarse. Por el contrario, él le grita a su madre: !Deja de una vez eso!, refiriéndose a goce sexual y luego tiene, al decir de Lacan, una otra recaída: vé si de todos modos harás lo que quieras.

 

Los signos de misoginia no son raros en pacientes neuróticos, aquí un pequeño extracto clínico. El paciente Armando llega de la mano de su mujer que le da el ultimátum: o hacés terapia o me separo. Él accede de mala gana, y en las primeras entrevistas habla exclusivamente del cine de Haneke que es lo que realmente le interesa. Más luego en una sesión comenta que su mujer le dice que él evidentemente odia a las mujeres y que esto se debe a lo que ocurrió con su madre. Ante la pregunta refiere el suicidio de su madre. Hasta que un día llega al consultorio y comienza a leer lo que sería su sentencia (cabe aclarar que el paciente es funcionario judicial) Lee la acusación donde el habría instigado al suicidio a su propia madre, dice haber sido cómplice de la muerte, habla de haber dejado un arma disponible a sabiendas que ella estaba cursando una depresión y que había mencionado intensiones de matarse, por último hace hincapié en que le negó los cuidados médicos y psicológicos que ella necesitaba. Podríamos hablar aquí de un comienzo de análisis al momento que presenta este fantasma matricida de un modo que recuerda la acusación ante el tribunal. Finalmente en otra sesión refiere sentir una culpa y un dolor imposibles de expiar por haber sentido alivio luego del suicidio. ¿Podría decirse que el suicidio de su madre no obstante la hacía aún presente en el laberinto emocional de este paciente? Es notorio que nunca más había vuelto a hablar de la muerte de su madre, ni con su hermano ni con su padre (ambos jueces) El síntoma que acusaba se recortaba tímidamente como un destrato y una crueldad injustificada para con su mujer y otras mujeres de su entorno. Luego, a raíz de la decisión que tomó su mujer de divorciarse, algo se movió en él. En efecto si notamos el modo (ser traído de la mano) como indicador transferencial privilegiado arribamos a la hipótesis de que la elección de objeto en este paciente estaba perfectamente atada al modelo de la madre (su hijo era nombrado Armandito). De ahí que ante la inscripción de la ausencia, en ocasión de la separación y el pedido de divorcio por parte de su mujer que inicia una nueva relación amorosa, algo del deseo de Armando comenzó a moverse.                  

 

Tomemos el duelo en toda su dimensión. Vemos que tanto en Zama como en Hamlet encontramos la problemática del duelo, pero un duelo como suelo y salida de la estasis. Es más, podríamos decir que en ambos se trata del duelo en la doble acepción del término. Por su lado, Zama pierde la ocasión de volver a Lerma, donde están su mujer e hijos, pero a su vez pierde también las manos de corregidor en las arenas de Vicuña Porto. Mientras que Hamlet pierde a Ofelia en el lago y pierde al fin su vida en duelo con Laertes, diremos de paso que Vicuña Porto y Laertes son a este respecto el otro del deseo de nuestros héroes, pues son aquellos que realizan en el imaginario de los héroes el deseo sexual. Esto es indicativo en el caso de Laertes que ama a su hermana como para no cederla pero lo es más en el caso de Vicuña Porto, que desdoblado en Ventura Prieto, se presenta en la obra de Martel como sinónimo de hedonismo, señalando el sitio donde Zama hace ir a parar sus deseos.

Pero volvemos al duelo: pérdida y pelea y tan solo allí, tan solo allí logran la asunción del deseo. Podría decirse que ahora se tiene algo por lo que pelear, en el caso de Hamlet es, paradójicamente, su ¡Ofelia! mientras en el caso de Zama un niño indígena (representación alucinada de su hijo a quien repele durante todo el film) lo vuelve entenado al moribundo y se le aparece con la pregunta ¿queré vivir? ¿queré vivir? Diría que la pregunta por el deseo pasa a un primer plano, es el momento de la asunción del deseo al plano de la obra. Desde ya que esto tiene su costo, que no es poco: Hamlet es alcanzado por la estocada y Zama entredespierta luego de que le ejecutan las manos. Es la dimensión que trae la tragedia moderna, en el meollo donde pulsean pérdida y espera. La cosa es puesta de relieve por el análisis psicoanalítico de la obra maestra de Shakespeare pero tal vez también podría decirse de Zama lo que es síntoma, es decir, esa dilación no tiene motivo aparente. Ahí está Hamlet torturado por esas execrables cavilaciones y los más variados escrúpulos de conciencia que nos muestran la articulación inconsciente de sus deseos incestuosos.

Ese punto de inflexión de la tragedia de Hamlet, su puesta en acto, es en razón de la suerte de Ofelia. La inscripción de la falta mueve la primer pieza del senku del héroe: Hamlet, el danés, se oye solo ahí después de haber perdido esa Ofelia hermoseada por la muerte. De aquí el preciso trazo de Girondo en su poema Ella donde va a ubicar el borde crepuscular de la pérdida: las trenzas náyades de Ofelia. Ahora bien, ese deseo se articula, decimos con Lacan, gracias a la inscripción de la falta, lo que describe a Ofelia como mujer imposible. Diríamos que el trazo del poema de Girondo hace pensar en esa dimensión de la pérdida, a su vez que arrastra la dimensión de lo imposible: habla de Ella como un eromito. ¿Será que ahí donde acude al neologismo nos recuerda en todo la descripción silenciada de las cualidades de Gertrudis? En resumidas cuentas, la madre como genital devorador. Sea como sea la erótica se instalará solo entonces y por razón de la pérdida. Podría decirse, decidir la pérdida, clausurar lo imposible.

 

 

Los estragos maternos...

 

Ella, Gertrudis, es tan amorosa que su deseo no puede ser saciado, un deseo que a su vez no para de crecer, se regenera. Pues el problema del caso es que quien está en la posición deseante es la madre de Hamlet. Esto va a colación de la regeneración de la existencia, la alusión en Lovaina al eterno retorno. Hacen bien en tener fe que morirán, dice allí Lacan. Por lo demás se deja así en evidencia lo ciego de toda religión, de todo correligionarse. Lacan indica el trauma como inscripción de la muerte y la sexualidad, en el análisis se pone en juego la castración que es la operación que trae un modo finito para la acción humana.

Quedose así descorrido el velo de Hamlet, toda la obra como tragedia del deseo, y según las coordenadas históricas la indicación de los avatares y los desafíos para la asunción del mismo deseo. La interpretación lacaniana opera con un artilugio de lectura: ya no es el deseo por la madre, que se suponía trabajaba a Edipo, sino el deseo de la madre. Desplazamiento absoluto, quien desea es la madre de Hamlet. Quedose así redefinida también la célebre cuestión de Hamlet, aquello de ¡ser o no ser!... en el deseo de la madre, en esos confines, mejor soñar, dormir... A propósito dice Edipo de Yocasta Todo lo que quiere, de mí lo obtiene. Y ella, Yocasta le pide a Edipo que no busque saber quién es, le dice que lo que vale es el azar y que no debe pesarle el incesto ya que muchos han soñado compartir el lecho con su madre... Por otro lado, Edipo no accede al pedido (y es necesario ver que en este germen está contenida toda la tragedia de Antígona) enterándose así que su madre y su padre lo dieron a un servidor para que lo matase. El deseo materno, pues, queda redefinido con el pedido de no saber que realiza Yocasta, quien se presenta como objeto autopoiético incitando al deseo a indiferenciarse.

 

En el ámbito de la clínica sondeamos no pocas veces esta dimensión del deseo de la madre. En las primeras entrevistas Eusebio dice algo que vale como lapsus. Viene relatando que, a raíz del embarazo que lo convertiría a él en padre, junto a su pareja comienzan a realizar ciertas entrevistas a sus propios padres a fines de confeccionar ambos árboles genealógicos en vísperas del hijo por nacer y con el objeto de rescatar algo de la historia. La madre en esta entrevista, según Eusebio, no logra responder y en su lugar aparece un silencio incómodo. El paciente tiene un lapsus en la sesión, dice: por el rayo (en vez del lado) de mi mamá. En fin, se reincorpora y culmina No sé nada la historia de la familia de mi mamá. No sé nada de mi abuelo... [Intercalo aquí un paréntesis sobre Tarkovsky quien a propósito de la película El espejo, aquella en que la actriz principal Margarita Terekhova hace de madre y de mujer del personaje de Andréi, refiere: realmente no conocemos el rostro de nuestra madre] Prosigamos con nuestro caso: el paciente explica que su madre al iniciar la cuarentena enmudeció, tampoco comía ni bebía agua, y que a la única persona a la que quería ver era a él. En una visita, donde el sintió tornarse un terapeuta, su madre le confesó que mantuvo una relación de amante largos años con un compañero del trabajo y a su vez le dijo que había realizado dos abortos. Se abre así aquí en un caso clínico puntual la dimensión del deseo de la madre y los avatares que abre para un paciente. ¿Podemos pensar que en este fiarle sus secretos a Eusebio esta madre intentó responder a la pregunta por la historia? Respecto del silenciar y las máscaras, término que acerca el paciente, cabe destacar que la fantasía sexual que lo sostenía con su mujer era jugar a ser otro. Ante la pregunta por cómo era el juego, él dice lo que no sabe: jugamos a ser un compañero de trabajo, una amiga, etc. Queda así articulada en un historial puntual la pregunta por ¿que soy en el deseo del otro?

Pero ¿y el silencio inaugural? ¿de qué se trata? Se impone aquí una pregunta: ¿cómo entender la represión? Claudio Boyé refiere que entiende la represión con un operador lingüístico del castellano rioplatense: de eso no se habla. Podemos decir, que este operador esta allí donde se da para ejecutar algo que de las más variadas formas Freud nos hace sentir a lo largo de su obra. También me gustaría aventurar un otro operador lingüístico local: na, nada que ver donde puede advertirse una efectuación de la represión. En su versión más temprana la censura se dirige hacia los nexos asociativos entre los elementos psíquicos y la falta de lazo vuelve inaccesible a la conciencia el elemento tornado así patógeno.

En cualquier caso la clínica se tratará, indica Claudio, de volver al momento donde ocurrió el oráculo. Pues es allí donde aguarda el saber no sabido, paradójicamente, para ser producido. Es en este sentido que planteaba más arriba en un paréntesis que puede pensarse oracularmente el momento de ese último encuentro de Edipo con sus hijas, aunque solo valga para una de ellas, Antígona, como aquel en que se dona algo de sentido, por caso el traspaso de un deseo contrariado entre lo justo y lo debido. Nietzsche decía que el hijo advierte el deseo de su padre. Pero el padre de Nietzsche era un ser intachable parece, todo lo sugiere, un verdadero ángel. Retomando, volver a tramar el trauma es entonces la tarea propia de todo análisis. El trauma como la ruina de la irrupción de la palabra en el cuerpo. Es ese momento de ser tomados en el lenguaje, éxtasis y de desgarro, donde todo hormigueo y efervescencia, acuden para testificarlo, allí se juega el germen del espejismo de eternidad. Freud plantea que no se padece de la función paterna tal como se queja el neurótico, sino que la cosa materna se pierde pero se renombra como totalidad lo que hace las veces de vértigo hacia el origen y melosea hacia lo inmenso en detrimento del avance por el lado de la realidad.

            Ahora, pensemos en el acto de comenzar un libro, Freud en el Malestar en la cultura, esta continuando un diálogo perdido –aquel famoso contrapunto con Romain Rolland, y un diálogo está perdido cuando hay al menos en uno de los lados un aferre a un elemento que no está in praesentia, por ejemplo un maestro oculto en alguno de los dos dialogantes. Pero más allá lo que le importa parece ser ese elemento que permanece como indigesto y  pidiendo valoración: en el arranque del Malestar ese elemento es: eternidad... ora aquella “sensación de eternidad” que esgrime Rolland ora el ejemplo de Roma como “ciudad eterna” con el cual Freud pretende dar cuenta, con vocación de arqueólogo, del principio de conservación y trasformación de lo psíquico.

Algo se repite. Es en este sentido que podemos ubicar al adversario de nuestros héroes como sucedáneos del padre: podrá ser un Creonte, en la línea de Claudio, mismo un Laertes. Edipo no sabe lo que hace, pero Hamlet si sabe lo que no hace, de ahí la marca de los escrúpulos de conciencia que hacen de fondo al regodeo del héroe. Ahora bien, ¿qué ocurre ante el saber que trae el oráculo? ¡Ay de esos dos, tres, cuatro temas que repite en variaciones la humanidad! Alguien de la erudición de Borges lo advertía.

En cualquier caso, según Freud, el acontecimiento que desata el Hamlet es la muerte del padre del poeta. Tendríamos que plantear que en la obra Julio Cesar (fechada un año o dos antes del Hamlet ¿1599? ¿será el año de la muerte del padre del poeta?) se sondea y se atraviesa de punta, esa cierta aflicción inconsciente por el parricidio. Bruto, según se informa Jones, tenía que conocer las versiones que lo hacían hijo de Cesar, ya que el emperador, se susurraba, habría sido amante de su madre. También se ha querido ubicar la creación de esta obra en la coyuntura de una traición amorosa que hubo de vivir Shakespeare. Es, a su vez, Nietzsche que encontrándose en similar coyuntura hace un comentario ardiente sobre la obra el cual nos detendremos a analizar:   

 

 

En honor a Shakespeare.

Lo más bello que sabría decir en honor a Shakespeare del hombre, es esto: ¡Creyó en Bruto y no lanzó ni una pizca de desconfianza sobre ese tipo de virtud! A él consagró su mejor tragedia –se la sigue llamando todavía con nombre equivocado-, a él y al más terrible dechado de moral elevada. ¡Independencia del alma! De esto es de lo que se trata. Ningún sacrificio que se le haga puede ser demasiado grande. Es necesario poder sacrificarle hasta nuestro más querido amigo- también, aunque sea la persona más magnifica, el adorno del mundo, el genio sin igual- cuando se ama la libertad, como la libertad de almas grandes y por causa de aquel peligró esa libertad: ¡así es como debe haber sentido Shakespeare! La altura a la que pone a Cesar es el más delicado honor que podría haber tributado a un Bruto: solo así se eleva su problema interno a la condición de lo enorme e igualmente la fuerza anímica que podría cortar ese nudo. Y ¿fue realmente la libertad política lo que empujo a este poeta a tener comprensión con Bruto, lo que lo hizo cómplice de Bruto? ¿O era la libertad política solamente un signo de algo más bien inexpresable? ¿Estamos quizás ante un oscuro acontecimiento y una oscura aventura del alma del propio poeta que han permanecido por completo desconocidos y de los que él solo nos quiso hacer saber mediante signos? ¡Qué es toda la melancolía de Hamlet comparada con la melancolía de Bruto! ¡Y quizá también Shakespeare conociese tal melancolía! ¡Tal vez él tuvo también su hora oscura y su ángel malo tal como Bruto! Sean cuales sean los parecidos y referencias secretas: ante la entera figura y virtud de Bruto Shakespeare se postró, se indignó y la tragedia fue testimonio de ello. Dos veces presentó en ella un poeta y dos veces descargó un desprecio tan impaciente y radical que nos suena como un grito: el grito del autodesprecio. Bruto, hasta Bruto pierde la paciencia cuando aparece el poeta, engreído, altisonante, impertinente, como suelen ser los poetas, como un ser que parece rebosar de posibilidades de grandeza y rara vez llega siquiera a la honra vulgar. “Sabré soportar tu genialidad cuando sepas ser oportuno, fuera este loco danzante”, exclama Bruto. Retraduzcamos esto nosotros al alma del poeta que lo escribió.         

 

Según mi parecer el acento de este pasaje debería ponerse en la condición de lo enorme. La substancialización del adjetivo es, según Lacan a altura del seminario Otra vez, índice de goce. En el texto, diría que en el enigma se abre de inmediato: se la sigue llamando con nombre equivocado. Nietzsche, nos dice, que es su mejor obra, ¿por qué motivo? ¿tal vez la complicidad que deja a Shakespeare al lado de Bruto? Se nos dice aquí: ¡El motivo de las cavilaciones y del acto! ¡Acto por fin llevado a cabo! ¡En verdad son las más loables aspiraciones! ¿Una vez más la genialidad nietzscheana al referir la independencia política como un signo de algo más bien inexpresable? Es él quien nos lo hace sentir. El motivo se nos dice, digámoslo en una sola palabra, es Roma. Más allá de los desplazamientos que sugiere la palabra, (a)ma, ma notamos el conflicto con claridad. Ya desde Freud la morada, la tierra natal son sinónimos de los más profundos lazos hacia el seno materno. En La gaya ciencia (1886) Nietzsche aduce la enormidad del acto de Bruto mientras que en Ecce homo o Como se llega a ser lo qué se es (1888) aduce ser él mismo (¡Nietzsche!) el hijo de Julio Cesar. Como dijimos, más arriba, ese padre irreprochable era más bien un ángel. Freud, en Un caso de neurosis demoníaca, recurre a una explicación genética de este constructo imaginario (de la misma manera que lo hace con el sentimiento de eternidad de Rolland) y refiere nuestro ángel al texto sagrado que habla del demonio como ángel caído. Es harto conocido el final de Nietzsche cae con el texto de El Anticristo culminado entre manos para ingresar luego, de ese derribarse, en una amarga penumbra.

De los signos patognomónicos que pueden hallarse en la coyuntura neurótica notamos en primer lugar esta repulsa propia y una suerte de asco por el sí mismo. El signo del autodesprecio. Y en segundo lugar y concomitante aquello que no ha dejado de trabajar de forma tan aguda Lacan en su Seminario 3, Las psicosis, como delirio de autonomía, que Lacan endilga como el propio extravío de la neurosis. El signo de la independencia más extraña. Volviendo a la composición artística de los personajes, Tarkovsky hace decir a una de sus personajes en el Sacrificio: sencillamente no podemos amar porque no queremos depender de nadie. Cuando dos personas se aman no aman de la misma manera. Uno de ellos es fuerte y otro débil, y el débil es el que siempre ama sin cálculos, sin medida. Dicho sea de paso, la que habla es Adelaine, la esposa de Alexander quien, a su vez, hace como si no viera el enamoramiento que ella sufre hacia ese médico y buen amigo suyo. En fin, parece que, para ciertos neuróticos, la condición del amor es que sea una carta que jamás llegue a destino.                  

 

La dignidad del objeto

 

La dignidad o la indignidad del objeto ¡esa es la cuestión! ¿Quién esgrime las virtudes que le hacen digno o digna del querer? ¿Está a la altura? ¿estoy a la altura? ¿Acaso hay otra cantinela de la cual se haya sacado tantas versiones y que se la haya gastado más que la del amor de mi vida? ¿Tal vez aquella de que el amor es más fuerte? En Zama son obscenas las muecas de deferencia ante cierta Luciana Piñares de Luenga, el objeto le resume y sugiere una vida de pompa y satisfacción, mientras él esquivará la mirada de aquella princesa pilagá que lo ata a un destino de calores sofocantes y sacrificios, sobretodacosa ¡perder los títulos de corregidor! Así se debate el neurótico entre no querer perder el objeto y no querer pagar el precio por acceder al mismo. La fijación primaria es marca de una dubitación eterna y los devaneos del neurótico parecen llegaran a la detumescencia. Luego la traición, como la que se le supone a un Shakespeare o mismo a un Nietzsche quien luego brega penando por su Lou Andrea Salomé (de aquí que Bruto se autorreproche no ser oportuno) todo se presenta como la espalda de la valorización del otro. Una última indicación sobre Nietzsche, es pronunciada su misoginia, aunque jamás fue puesta en relieve por ningún autor, vas con mujeres ¡no olvides látigo! o mismo las sucias mujeres del pueblo, tampoco se ha intentado explicar, que yo sepa, el desprecio que no dejó de sobrepoblar sus últimas páginas frecuentemente dirigido a su madre y a su hermana. Y esos Ditirambos dionisíacos donde Nietzsche finalmente decide por su amor propio: solo yo sé lo que Ariadna.

El amor es ciego, reía Freud en su Psicología de las masas y advertía que nunca se está tan a merced del capricho del otro como cuando se ama. Borges, con el parapeto que le otorga un temprano desamor, se afirma en un infeliz destino que lo hunde en la ceguera. En su Elogio de la sombra trae a Homero, que también quedó ciego, como un probable elemento mítico que alude a que la poesía desestima el elemento visual en post del elemento sonoro. Es decir, la carta no cesa de escribirse. En el linde deberíamos volver dos líneas sobre el monje Rubliov que mediante un artificio (esto es que él se ve en el valeroso espejo del joven Boriska) logra levantar su propia veda de hablar y se decide a producir su obra concluyendo así aquella tortuosa espera de abnegación. Vemos que el tema de la traición del amor no está ausente en el film, ya que Andréi se hace de una mujer muda y desvalida que luego se fuga con un Príncipe tártaro, bárbaro y cruel, para ser denostada pero elevada a la condición de deseo. Allí la lección enmudece al monje: ella elegirá aunque sucia la carne a la mendacidad de una manzana marchita.

Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar; el tiempo ha sido mi Demócrito, ultima Borges. Y continúa el poema: Esta penumbra es lenta y no duele, fluye por manso declive y se parece a la eternidad. Freud se lamentaba de que sus historiales clínicos sobre  la neurosis huelan a menudo a novela, a narrativa, pues repiten la escritura del oráculo. Pero el dios relanza los dados, sacude, para un lado y para otro, las generaciones, los lazos, la herencia, el amor redoblando su apuesta a pura pérdida. Tal vez ese dios danzante sugiera que no lo tomemos tan en serio.

 

En fin, bien la eternidad puede ser tomada como signo de represión, ese nada querer saber de eso; por lo demás, dijimos que el neurótico paga para no saber. Vamos a cerrar con dos fábulas sobre los honorarios: Mientras en situaciones de ajuste económico se destaca la cuestión del pago en tanto que analizador en el ámbito de la clínica: ¿con qué pagar? Desde un extremo, un analista propone que si el paciente cuenta solo con un sándwich de milanesa, el cobro debería ser un poco más de la mitad de aquel sándwich. Por otro extremo, tenemos aquella fábula del paciente que llega con un hueso atascado en la garganta en la medianoche a casa del médico, quien luego de culminar su trabajo le dice paga la mitad de lo que hubieras pagado cuando estabas con el apremio del hueso atascado. Dos fábulas, tal vez dos modos de abrir el juego en un posible análisis de la neurosis. Pagar es la ley de análisis y tiene el efecto de que el paciente deje de pagar con el cuerpo. Algo se pierde, recomienza el movimiento.

 

 

[Noviembre-diciembre 2020]

sábado, 20 de mayo de 2017

Cuerpos y miradas

1-Introducción

Si abrí los labios para ver el rostro
puro y terrible de mi patria,
si abrí los labios hasta desgarrármelos,
me queda la palabra.
Blas de Otero


La mirada está guiada por lo que llamo una política. Aquí me voy a referir a la política de los cuerpos. Ésta se encuentra desde el origen. En el génesis se plantea en relación a los cuerpos ¿desnudos? De Adán y Eva. Después del pecado, se percataron por primera vez de que estaban desnudos: Entonces se abrieron los ojos de ambos y vieron que se hallaban desnudos (Gen 3: 7).  Según los teólogos antes de la caída no estaban desnudos, sino cubiertos  por un vestido de gracia que se adhería a ellos como un hábito glorioso. El vestido de gracia cubre los cuerpos aunque estén desnudos a nuestros ojos. Es una primera política de los cuerpos en su relación con la gracia.

2-Sección 1. El cuerpo en la antigua Grecia.
En la Grecia antigua se le dedicó atención al cuerpo, tanto en el arte como en la vida cotidiana, según mi información no hay ninguna otra civilización donde sea más ostensible el gusto por la desnudez.
En el lenguaje pictórico del antiguo Egipto y de las antiguas civilizaciones de Medio Oriente, el desnudo masculino aparece en los cultos y en contextos específicos como la representación de artesanos o de actos bélicos y sus consecuencias. En la guerra, simboliza el sometimiento o la muerte del vencido. Sin embargo, en el arte griego, y desde siempre, suele ser el héroe triunfador el que aparece desnudo o con alguna pieza de armadura pero con los genitales a la vista, lo que añade un interés al homoerotismo griego. En las escenas de batalla, la desnudez se hace recurso normativo para diferenciar a los guerreros griegos de sus enemigos, en particular los persas, para quienes la desnudez era vergonzosa. De hecho, es tal la presencia de la desnudez en el arte griego de cada periodo que cabría pensar que era normal para hombres y muchachos ir sin vestimenta. Pero la desnudez en público no era norma ni en la guerra, ni mucho menos en la vida cotidiana, sobre todo cuando concurrían ambos sexos. Cuando no había mujeres era normal que los atletas anduvieran desnudos por la escuela de lucha (palestra) y en el gimnasio, palabra que, de hecho, deriva del vocablo griego gymnos que significa “desvestido”.
Otro contexto en que la desnudez masculina era norma era el symposium, una modalidad griega de fiesta masculina bastante peculiar en la que todos estaban desnudos, bebían vino, cantaban y tenían relaciones sexuales con muchachos y cortesanas.
E l cuerpo y la sexualidad en el cristianismo
En la primera época del cristianismo, una vez asociado el triunfo de Cristo a la mortificación de la carne del ser humano, cualquier objeto que enalteciera el cuerpo corría peligro, a menos que fuera susceptible de ser reinterpretado dentro de la iconografía cristiana. 
La institución regula y mide el miedo. La sexología canónica, preciosa para todas las sociedades nacionales del Occidente llamado cristiano, ha tomado la forma de una Regla de las reglas y se propone como vigilante en el vasto dispositivo institucional. Una de la obser­vaciones más importante que se puede hacer es la de revelar la cons­tancia del tema sexual para subrayar con ostentación, en el seno del sistema canónico, lo irrecusable de la Ley, su fundamento de Escritu­ra, y la excelencia de sus principios en el gobierno de los humanos.      
El discurso canónico está sin fisuras, sacando provecho de las nocio­nes lógicas de Aristóteles, de los retóricos latinos y de San Agustín, convertidos en autoridades. Se dirige a todos sus súbditos sin excep­ción, es decir a toda la humanidad y ante todo a la occiden­tal. Comprender en qué y por qué razones precisas ese discurso se impone como Palabra solemne y que hace temblar, remite por consiguien­te, al corte fundamental de una teoría que sabe decirnos lo que hace obedecer al hombre. La clave la entrega la teología del pecado origi­nal, sin la cual no puede ser entrevisto el estrecho pasaje donde se unen La Esco­lástica y la antropología.
Según se dice, antes del pecado, Adán vivía en el paraíso exento de enfermedad y dispensado de la muerte. Si hubiera conservado la inocencia de ese estado, habría ignorado la pasión, al punto tal que en el acto generador, no habría experimentado más placer que tocando una piedra con la mano. Hubiera engendrado una raza santa y pura. Pero sobrevino el pecado, de donde procede todo el mal para la humanidad entera, que sufre así la condición de Adán, genitor primordial, según nos cuenta San Agustín, en La ciudad de Dios. Por lo tanto consumado el crimen, los padres de la humanidad conocieron la vergüenza de verse desnudos. Consecuencia inmediata del pecado-: los órganos genitales fue­ron corrompidos para siempre, transformados ahora en la sede del placer.
“Desde que el hombre ha pecado, le corresponde en suerte, según la justicia de Dios, la corrupción, pena del pecado; en ello puede sentir el goce, que se encuentra fundado en las partes genitales de los padres. Por eso también se ha escrito de los primeros padres: después que hubieran pecado: “sus ojos se abrieron, desde entonces supieron de su desnudez; no es que hubieran sido creados ciegos, sino que después del pecado, la ley del pecado descendió a las partes genitales (post peccatum lex peccati in genitalia descendit).Esta ley, creo, se ha encontrado fundada en ese miembro más bien que en otro, pues de éste desciende la generación universal. Todos los hombres se han desprendido de una raíz mala, del mismo modo en virtud de la pena del pecado original, cada ser humano a su vez siente el pecado origi­nal”                                                                            
Nos dice Santo Tomás:
“Siendo concebidos en la concupiscencia, todos sin excepción por el cuerpo recibimos ese pecado, mientras que no contraemos los otros pecados de nuestros ascendientes (robos, homicidios, otros)...” agrega...”Si, a pesar de lo imposible, un hombre fuera engendrado no del semen sino de otra parte del cuerpo, un dedo por ejemplo, ese hombre no contraería el pecado de los primeros padres. Igualmente si Eva hubiese cometido sola la falta en los tiempos paradisíacos, los descendientes no habrían contraído el pecado origi­nal, al no haber sido corrompido el semen viril” (In II Senten­tia­rum, Distinción 31, cuestión 1, art.2).                                
Lo importante a mencionar en relación a la cuestión arriba mencionada es que lo que preocupa fundamentalmente a nuestros teólogos es el deseo sexual, y por lo tanto lo que intentarán será lograr su desvío, a través del dispositivo institucional. Porque este deseo pone en evidencia lo que ellos tratan de negar: los dos sexos. Es decir la sexología canónica es profunda­mente unitaria. El problema es la diferencia.
“A mí me gustan los eunucos de otra clase, castrados no por la fatalidad sino por su voluntad. Acojo con gozo en mi seno a los que ellos se han castrado a causa del reino celestial y por mi honor no han querido ser aquello que han nacido.” “Los padres de Cristo han merecido ser llamados esposos, no sólo la madre sino también el padre, matrimonio de espíri­tu, no de carne... Los tres bienes del matrimonio: la descendencia, la fe y el sacramento se encuentran allí. Únicamente ha faltado el lecho nupcial pues éste no podía mantenerse en una carne de pecado sin el vergonzoso deseo de amor; ahora bien, aquel que debía estar sin pecado quiso ser concebido fuera de semejante deseo”. (Graciano, Decreto, Causa 33, cuestión 5, canon 7.)

Estas citas de Graciano nos presentan una rica correlación: la madre-esposa inviolada, el castrado oblativo son representaciones que podemos leerlas en el sentido de que la virginidad viene a abolir la desgracia de la dife­rencia y a restituir el orden, el principio de ser lo Uno.          
Otra cita de Graciano:
“La imagen de Dios está en el hombre, para que sea el único del que provienen todos los otros. Ha recibido de Dios el poder, como si fuera su vicario, pues tiene la imagen del Dios único; por esto la mujer no ha sido hecha a imagen de Dios.”
Estas citas que tratan de restituir lo Uno, en el terreno de la teología, se confronta con un mundo terrenal que les dice y le muestra que los sexos son dos, por eso dice Graciano:
“El hombre, al ser la imagen y la gloria de Dios, no tiene que taparse la cabeza; la mujer, por el contrario, lleva velo pues no es ni la gloria ni la imagen de Dios”.
Claro cómo puede la mujer ser la imagen de un Dios portador del falo, de un Dios-macho. En función de esta diferencia el Derecho Canónico abre su principal tratado del miedo instaurando su vasto reglamenta­rismo del matrimonio.
Los enunciados del derecho, expandidos en versiones populares dicen más o menos esto:
“Veréis la cosas terribles que os sucederán si seguís la inclinación de vuestros deseos; si hacéis lo que la Ley prohíbe y si no os acusáis de ser culpables ante el confesor, no podremos hacer nada por vosotros”. Figura clave: la del confesor. 

Entonces por un lado tenemos Derecho, que conforma una simbólica a nivel del clero que tiene por objetivo sostener la Unidad del Dios Uno, para esto los teólogos y los glosistas se esmeraron interpretando textos y confeccionando argumentos. En los concilios, las autoridades de la Iglesia trataban de reglamentar la vida de los sujetos para que se adecuen, vía el temor a Dios, y el amor de Dios, a un sistema de vida (confesión, arrepentimiento, penitencia, prescripciones sexuales) que no contradijera los Libros Sagrados. Sin embargo la vida y el pensamiento avanzan y fue así como Giordano Bruno, el monje, encon­tró la hoguera por sus postulados acerca del universo, el infini­to y otros temas que cuestionaban este Dios-Uno, lo mismo podemos decir de Galileo Galilei. Que no terminó en la hoguera no porque se hubiera arrepentido, sino porque la muerte de Bruno, cercana en el tiempo había generado un conflicto político en la Iglesia demasiado importan­te como para repetirlo con Galileo. En el mundo laico las mayores consecuencias las sufrieron sin dudas las mujeres. ¿Tienen alma las mujeres? se preguntaban en el primer milenio. Tan grande fue la revolución cultural que produjo el cristianismo en Occidente que nada quedó fuera de él.  Ni la mujer, ni el cuerpo. El gran vuelco que dio la vida cotidiana de los hombres en las ciudades, donde se suprime el teatro, el circo, el estadio y las termas, espacios de sociabilidad y cultura que con diversos títulos exaltan o utilizan el cuerpo, representa la derrota doctri­naria de lo corporal. La encarnación es la humillación de Dios. El cuerpo es la prisión del alma y esta es la definición no una imagen.                   
El horror del cuerpo culmina en sus aspectos sexuales. La abomi­nación del cuerpo y del sexo llega al colmo en el cuerpo femenino. Desde Eva a la hechice­ra de finales de la Edad Media, el cuerpo de la mujer es el lugar elegido por el diablo. Al igual que los períodos litúrgicos que entrañan una prohibición sexual (cuaresma, vigilia y fiestas de guardar), el período del flujo menstrual es objeto de tabú: los leprosos son los hijos de los esposos que han mantenido relaciones sexuales durante la menstruación de la mujer. 
3-Sección 2. La modernidad
La Modernidad no se impone de un día para el otro. Lo que hoy podemos llamar el fin del período medieval se produce en un contexto de decadencia y corrupción. Junto con esto algunas voces se levantaron, pero no fueron escuchadas, sino que fueron interpretadas desde el sistema vigente y dominante: el Poder Teológico. Esas voces subvertían la hegemo­nía del poder reinante. Este actuó en consecuencia: la hoguera de la Inquisición. Esas voces, esos gritos fueron comprendidos mucho después. Fue el filósofo Renato Descartes (1596-1650) quien con su filosofía abrió un espacio de comprensión, inaugurando una nueva racionalidad, para esas voces. Pero ¿quiénes eran esas voces de las que se hizo cargo Descartes?.
 a) El Renacimiento florentino                                            
 b) Los viajes de Colón.                                                
  c) El nacimiento de la nueva ciencia moderna y su proyecto de matema­ti­zar el conocimiento, esfuerzo en el que estaban Kepler y Galileo (víctima de la Inquisición).                                                           
  ¿Qué fue lo que construyó Descartes? Un espacio para comprender esas voces. ¿En qué consistía? En un sujeto que se autofundaba. Es decir, un sujeto que encontraba su certeza, su verdad, en esa certeza que la conciencia tiene de sí misma. Constituyéndose de esa manera en un sujeto en sí, por sí y  para sí, independientemente de cualquier sanción exte­rior, sea esta divina o del mundo externo.                                    
Sobre la base de la construc­ción autónoma de este sujeto, se abre la experiencia de la Modernidad. Una de las más impactantes experiencias de la humani­dad.                                                                 
 A partir de este sujeto lo otro que queda enfrentado al sujeto se va a constituir en objeto y, a partir de esa relación sujeto-objeto se va a establecer el proyecto de conocer ese objeto. Ese acceso al conocimiento    del objeto iba a ser posible si se estructuraba un procedimiento que rompiera la estructura del pensamiento medieval en el plano del saber­.       
  Ese procedimiento no era otro que el proyecto de la matematiza­ción del conocimiento -ciencia moderna- . Este proyecto era viable articu­lado a ese sujeto autónomo, que había roto con la vieja concepción teológica, y que ahora podía entablar su relación con el mundo de una manera nueva.      
 Descartes, entonces, construye este sujeto que sostiene la repre­sen­tación del mundo y que será el articulador, el centro fundante de la época de las representaciones del mundo. ¿Qué significa esto? Signifi­ca que este sujeto cartesiano, sostendrá las representaciones. Sujeto autónomo, idéntico a sí mismo: Yo que se sostiene en su propio acto de pensar. Ese es el sujeto que sostiene la representación de lo otro, que ahora se llamará objeto. Así nace una nueva forma de conocer, así nace la ciencia moderna. Aquí se funda una nueva teoría del conocimiento. Susten­tada en:  
 a) La lógica aristotélica.                                               
 b) En la representación del espacio tal como la concibió Euclides.      
  c) En una visión de la naturaleza mecanicista, racio­nal, fundada en la mecánica o física de Newton.
Todo esto  se inscribe  en un proyecto que es el de que es posible conocer el mundo, sus leyes, apropiarse de la realidad, en fin un proyec­to de progre­so.
Por todo esto Le Breton nos dice:
“El cuerpo moderno implica la ruptura del sujeto con los otros (una estructura social de tipo individualista), con el cosmos (las materias primas que componen el cuerpo no encuentran ninguna correspondencia en otra parte), consigo mismo (poseer un cuerpo más que ser un cuerpo). El cuerpo occidental es el lugar de la cesura, el recinto objetivo de la soberanía del ego. Es la parte indivisible del sujeto, el factor de individuación, en colectividades en las que la división social es la regla."
"El cuerpo es una construcción simbólica, no una realidad en sí mismo. No es un dato indiscutible, sino el efecto de una construcción social y cultural."
A partir de la medicina y la biología, se formula la concepción del cuerpo admitida por la sociedad occidental. Concepción de la persona que le permite al sujeto decir "mi cuerpo", como una posesión.
Esto tiene sus antecedentes en el individualismo iniciado en el Renacimiento, que convierte al cuerpo en el recinto del sujeto, el lugar de sus límites y de su libertad; objeto privilegiado de una elaboración y de una voluntad de dominio.

4-Sección 3. El arte moderno
En la modernidad vamos a encontrar diferentes estilos, que la Historia del Arte clasifica como Barroco, Manierista, Neoclásico, Romántico, Impresionismo, Expresionismo, Dadaísmo, Cubismo, Surrealismo donde el cuerpo, con las características propias de cada escuela y estilo tendrá un común denominador que es la lógica de la representación. el cuerpo es representado en el arte sin el sometimiento a la religión como ocurre en el renacimiento, en el barroco. Por razones de espacio no entraré en detalles de cada período o escuela. Sí me importa señalar la ruptura que se produce a partir de la década del sesenta cuando el cuerpo del artista entra en escena como el producto, como el objeto del arte del artista productor para interrogar este cuerpo-objeto-producto en su relación con la mirada.
5-Sección 4. Accionismo vienés y body art
Con el nombre de Accionismo vienés se conoce a uno de los movimientos más sorprendentes del arte del siglo XX que surge en la Viena de los años sesenta, y es considerado por muchos como la piedra angular del Body Art.
El artista que inició esta tendencia radical, conocida como estética negativa, Günter Brus, pretendía la ruptura con la representación, como un intento extremo de alcanzar una verdad del arte, supuestamente amordazada por la identidad engañosa construida en el espejo. Su objetivo era el fin del arte como contemplación, como reflexión, como conocimiento. Semejante fin acarreaba consigo el abandono del cuadro cuya estructura depende del marco y del caballete como sostén de perspectiva del artista. Brus creía poder dejar atrás la función del cuadro como ventana, por eso ubicó el caballete en el suelo y se opuso a las reglas de la composición para ampliar el espacio más allá de la restricción impuesta por el lienzo. La limitación del uso de colores a blanco y negro también perseguía el fin de la anulación de lo “ilusorio”. El siguiente paso fue una pintura “a la redonda o por todos lados” en habitaciones con papel. La acción pictórica consistió en manchar la habitación y su propio cuerpo dando lugar al “arte corporal”. Abogaba sólo por la presentación, por el arte en el espacio y el tiempo reales. Brus introdujo el cuerpo real como elemento de la acción artística, dando lugar al tableau vivant.  Brus guiado por un concepto dramático, que ha quedado plasmado en fotografías y películas, comenzó a preparar las acciones de manera cuidadosa. En los registros fílmicos y fotográficos se pueden observar los rasgos expresivos, desfigurados, que subrayan el dolor. Lo que denominó autopintura, se sostenía en los principios de un camino hacia la autodestripación hacia la autodeformación: “mi cuerpo es la intención, el acontecimiento, el resultado”.  Se escenifica como víctima, como artista- mártir, rodeado de cuchillos, alfileres, hojas de afeitar, que evocan las flechas de San Sebastián.
El Body Art o Arte Corporal, se caracteriza por tomar el cuerpo del propio artista, quien lo utiliza como un lienzo,  la mejor de las veces; en otras ocasiones, lo pinta, lo trasviste, lo desnuda, lo lastima, lo cubre de miel o de aceite de pescado, apila cuerpos desnudos unos sobre otros, les realiza tatuajes, llegando a causar horror a la mirada.
Zhang Huan fue unos de los primeros artistas chinos que utilizó la performance como medio de expresión artística. Realiza acciones como la mutilación del cuerpo mediante una herida sangrante; su propio cuerpo es usado como materia prima, exponiéndolo a condiciones físicas extremas con el fin de explorar la relación entre el  cuerpo exhibido y las agresiones físicas a las que es sometido.
Zhang Huan adhirió al Body Art, y así su cuerpo se convierte en vehículo de exploración de temas contemporáneos como la soledad, la fragilidad, la intolerancia, el hacinamiento, que en formas de experimentación plástica son llamadas por el mismo Huan: “body experiment-experimentos del cuerpo”. Es un cuerpo que goza haciéndose mirada gozosa.
Otra artista que empieza su actividad en los años 70, es Gina Pane (1939-1999) quien utiliza su propio cuerpo como recurso artístico y como canal de comunicación; también, como Zhang Huan se la asocia al Body Art.
Gina Pane expone su cuerpo a duras pruebas, asciende por una escalera metálica cuyos escalones están llenos de dientes de acero; al apoyar sus manos y plantas de los pies estos sangran, y por supuesto hay dolor y sangre que fluye. Cito a Gina Pane: “Denominé ‘Escalerasin anestesia’ para protestar contra un mundo en el que está todo anestesiado”; su obra es su cuerpo sangrando, dolorido, hace mirar su cuerpo en un lenguaje casi metafórico para decir acerca de su postura política contra la guerra del Vietnam y el conflicto Árabe–Israelí. En todos sus performances aparecen la vida y la muerte puestas en tensión y tratando de encontrar un sentido a la existencia, denotando así su desinterés por conceptos como la perfección o la belleza corporal. Se transforma en un cuerpo que atraviesa el velo de la belleza y muestra el horror-sangre, en los conflictos bélicos.
Conclusiones
“En cierto modo con el hombre sucede lo mismo que con la mercancía. Como no viene al mundo con un espejo en la mano, ni tampoco afirmando, como el filósofo fichtiano “yo soy yo”, el hombre se ve reflejado primero sólo en otro hombre. Tan sólo a través de la relación con el hombre Pablo como igual suyo, el hombre Pedro se relaciona consigo mismo como hombre. Pero con ello también el hombre Pablo, de pies a cabeza, en su corporeidad paulina, cuenta para Pedro como la forma en que se manifiesta e genus (género) hombre.” Carlos Marx. ( El Capital. Tomo I. Vol.I).
Se puede deducir de los ejemplos citados que el dolor es un tema recurrente para todos aquellos artistas que usan su propio cuerpo como soporte o elemento artístico. Todos ellos intentan dar a ver algo que el ojo no puede ver, algo que va más allá de la contemplación, de la representación. El dolor en sí mismo, sin metáfora, como una somatización de la acción que ejerce la política, la religión, las miradas sobre el cuerpo en el estado actual de la sociedad. Como una respuesta desde el arte a la violencia ejercida por los estados opresores sobre los cuerpos de las víctimas. El siglo XX se caracterizó desde el nazismo por utilizar planes sistemáticos de torturas, desaparición de personas, utilización de los cuerpos de aquellos considerados “sobras” de la sociedad para el avance de la ciencia. El nazismo y el estalinismo son prueba de ello. Gina Pane habla de “mundo anestesiado”. No es casual que la década del 60 fue la que marcó el avance y la revolución en la psicofarmacología con la invención de los primeros y efectivos anestésicos del psiquismo. Invención que se profundizó a lo largo de este siglo, junto a los analgésicos. A tal punto que se puede hablar de paradoja en el sentido de a mayor analgésicos más patologías del dolor. Volvemos al dolor. Evidentemente algo recurrente en este siglo.  Pasión por lo real, llama el filósofo Alain Badiou a la experiencia fundamental y definitoria del siglo XX.  La experiencia directa de lo Real como lo opuesto a la cotidiana realidad social: lo Real en su violencia extrema como el precio que debe pagarse por deshollejar las capas engañosas de la realidad.
La mirada es siempre mirada social. La mirada del otro, como bien dice la cita de Marx, nos constituye y no deja de sostenernos y significarnos, independientemente del momento cronológico que atravesemos.
Recordemos la mirada de Orfeo. Orfeo pierde a su amada Eurídice, la mordedura de una serpiente se la lleva. Él, con las cuerdas de su lira, procurándose un quehacer con el dolor, cruza el Aqueronte, accede al Hades (plagado de muertos y de espíritus) con su música encantadora aborda a los Dioses del averno (Hades y Perséfone), para recuperarla. La devolución exige una condición, en el camino de regreso al mundo, ella debe caminar detrás, él no debe dar media vuelta y mirar. Orfeo emprende el camino de regreso. Alerta, intenta escuchar los pasos de ella detrás de sí, pero nada. No encuentra pruebas… sólo silencio. ¿Acaso hay pruebas de muerte? ¿Y pruebas de amor? El miedo a que ella no estuviera ahí, le empieza a jugar una mala pasada... ¿Y si lo hubieran traicionado? Llegando casi al mundo, después de recorrer ese larguísimo camino de oscuridad y de silencio, simplemente ávido de verla, se da media vuelta… ella, sólo un espíritu, apenas una visión, se desvanece, con los ojos bien abiertos, se aleja, cualquier intento de asirla será en vano. Allí donde estaba amor se abre el abismo de un vacío. La bella y la esperanza se han esfumado. El terror invade ahora su cuerpo y la melancolía se adueña de su alma, que canta por los siglos de los siglos las tristes melodías que aún conmueven nuestros corazones.”
El cuerpo como objeto, como desecho para las políticas de exterminio, el cuerpo como objeto-producto del arte carnal. Un cuerpo que muestra en sus marcas el horror que han sufrido y sufren otros cuerpos. Un cuerpo que se ofrece a la mirada y se transforma en pura mirada.
Como no mencionar el Siluetazo, el Grupo de Arte Callejero, El Parque de la Memoria con sus muestras, todo causado por 30.000 cuerpos desparecidos y que dicen Presente y nos miran a través de y por el arte.

Bibliografía
Legendre, Pierre (1979). El amor del censor. Madrid, Anagrama.
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